Crónica del Challenge Madrid 2019: una medalla como cura contra el sufrimiento

El riesgo de escribir una crónica un mes después de hacer la prueba radica en que ya nada parece tan doloroso, ni sufrido, ni tormentoso. El cansancio de la carrera se olvida teniendo la medalla colgada junto a otros metales de victorias pasadas, las ganas de vender la bici a partir del km 70 quedan disimuladas por lo que ahora la echas de menos tras un mes sin ella, y las mil y una veces que te dijiste que para la próxima tenías que cumplir a rajatabla los entrenos del mister no parecen ya tantas mientras con una cerveza te pones a escribir esta crónica del Challenge Madrid 2019.

Pero lo cierto es que pasé las de Caín. Desde las primeras brazadas a las últimas zancadas, este Challenge Madrid de media distancia (1,9k nadando, 90K en bici y 21K corriendo) no habría sido nada destacable que contar si no fuera porque volví a casa, a Madrid, a correr rodeado de amigos, de familia y de muchos de vosotros que me saludasteis recordando el Ironman de Lanzarote, bromeando sobre esta misma carrera y me animasteis a retomar las líneas del blog.

Porque el día empezó torcido desde la natación, cuando la lluvia obligó a retrasarla media hora y se realizó al estilo Kona, todos a la vez. Qué bonito parece en la tele  y qué mal se pasa cuando eres uno de ellos. Y no éramos ni 1000 triatletas. Hagan la prueba, solo hay que poner 30 palillos en vertical en un tupper con agua y luego soltarlos para que busquen su hueco en horizontal. ¿Qué ocurre? No pierdan el tiempo desperdiciando palillos ni agua. Ya se lo digo yo… no caben.

Pues eso pasó con 700 triatletas en 50 metros cuadrados que al sonido de un silbato tenían que ponerse en horizontal sobre el agua y ponerse a nadar. Conclusión: golpes, más golpes, agobio y un sinfín de insultos (internos) y disculpas (externas) a otros triatletas que no tenían la culpa de que participar en este simulacro de Hawaii cuando nuestra zona de confort está entre corcheras.

No fue una natación agradable la del Challenge Madrid, pero cuando salí del agua con 200 metros de más y vi las zapatillas de mis compañeros de equipo para hacer la transición hice ‘check’. Mi sector para poder vacilar los próximos meses estaba ganado… Y sí, he dicho zapatillas porque para casi un kilómetro de transición cada uno se apañó como pudo, y yo lo hice con unas chanclas hawaianas que mi padre me dejó esa misma mañana dos tallas mayores. Bueno, hice con ellas los primeros 100 metros antes de tirarlas prefiriendo clavarme una piedra a dejarme los tobillos y tener que retirarme sin llegar a Madrid. Aquello era el pantano de San Juan y en nada se parecía a Kona. Por desgracia…

Tras la transición, cojo la bici y a por los 90 km… Lo que en principio iba a ser un carril cortado para la carrera resultó finalmente un arcén y poco más. Pinchazos, carretera sucia y algo de riesgo. Yo que soy un cagao, además de mal ciclista, me echo a la derecha y a los pocos a los que que había ganado nadando me pasan. Javi, un amigo, me pasa mientras grita ‘engánchate a mi rueda’, pero yo en pro del fair play triatlético, y porque no le aguanto más de 300 metros, no lo hago. Eso sí, le grito «voy, voy» mientras le veo alejarse de grupo en grupo. Yo iba relativamente bien para mi nivel y disfruté de unos primeros 45 kilómetros divertidos por la sierra de Madrid. Ya solo quedaban 45 kilómetros (para mi pestosos) por la autovía hasta el centro de la ciudad.

En mi cabeza eran cuesta abajo y aunque debían serlo porque las  cabras me pasaban como motos, no faltaban las cuestas largas en las que adelantabas a bicis con lenticular y pensabas para dentro: «¡Para qué necesitas tú tanto!». Eso sí, en una de esas bajadas marqué la velocidad más alta de mi vida antes de tocar el freno: 71km/hora. Sí, insisto: soy un cagao. Pero cuando pasé de 71km/h pensé: no es necesario más, que tampoco vas a adelantar a nadie.

Empieza el plan B: sobrevivir

A partir del km 75 se me hizo pesada la cosa y aunque animó ver a mi amigo Redondo con toda su familia tras bastante tiempo esperándome (habían sido demasiado optimistas con mi estado físico), la bromita empezaba a ser suficiente para mi.  En los últimos kilómetros puse en práctica los consejos de puristas del triatlón: aumenté cadencia para llegar fresco a la carrera. Vamos que me toqué las pelotillas de lo cansado y harto que estaba. Y descubrí por qué no permiten el móvil en estas carreras, y es que si lo hubiera tenido a mano, mi querida y ahora añorada bici ya estaría en Wallapop. ¡Y vendida!

En la transición me encuentro a mi hermano y a Marco, otro compi de equipo y amigo. Se ríen de mi y me dan ánimos a partes iguales. Porque no iban vestidos para correr, que si no hubiéramos inventado una nueva modalidad de Tri: «Que corra quien pueda que yo paso».

Mi plan para la carrera del Challenge Madrid era claro: tirar 10k a un ritmo tranquilo, 5K como pueda y 5K sobreviviendo. El que queda y que parece que no cuenta en una media es el de disfrutar, el de las fotos, el de sonreír… el único kilómetro del que un mes después me acuerdo. Lo malo de tener planes es que intentas cumplirlos y cuando más o menos completé esos 10 primeros, mi cabeza desconectó como tantas otras veces y decidió que estaba hecho, que los otros diez no estaban en el guión.

Por suerte estaban mi novia, mi familia, amigos que se desvivieron para verme lo máximo posible durante el recorrido: cuando sabes que van a aparecer corres, aunque sea por vergüenza torera y porque una foto andando no es muy favorecedora. Pero he de reconocer que entre el km 10 y el 17 estuve totalmente fuera salvo 300 metros de cada kilómetro en el que el cruce de la calle Mayor con Bailen era un auténtica fiesta. Espectacular Madrid.

Luego intentaba no andar pero no lo lograba. Cuando solo quedaban tres kilómetros, el Plátano, otro amigo del club, vestido como un pincel que para algo era domingo y estábamos al lado de la latina, decide dejar de lado una buena compañía y unas cuentas cervezas para obligarme a correr los dos últimos kilómetros. Lo consigue y me deja solo para el último kilómetro. El que gusta, en el que te cruzas con Javi, que llevaba casi una hora esperando, Tanit y los niños, mis padres y hermanos, Morita, Roa, Alberto, seguidores del blog… y como siempre Isa.

Iba a tardar en hacer media maratón casi 2 horas y 20 minutos. Una barbaridad no exenta de sufrimiento que ahora me sabe a poco porque solo recuerdo esas sonrisas, palmadas, abrazos y besos. Quizá no fueran 21 kilómetros sino solo tres o cuatro. Quién recuerda ya eso… La medalla del Challenge Madrid 2019 ya está en el medallero.

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