Crónica del Ironman de Lanzarote: finisher se escribe con ‘F’ de feliz

Empezaré por el final y así dejo para el principio la fase de las lágrimas, las mías claro. Serían las 20:30 de la tarde cuando enfilé la línea de meta del Ironman de Lanzarote y por fin, tras mucho tiempo imaginándolo, me convertí en Ironman Finisher. Fueron 50 metros en los que abracé a quien más quiero, desaté la euforia contenida, salte de alegría y con el puño en alto, y lo único que no cambió con el resto de la carrera fue la sonrisa. Esa sonrisa que me acompañó durante las 13:34:58 que tardé en recorrer los míticos 226 kilómetros.

Si empezaba por el final para ahorrarme las lagrimas no lo he conseguido porque la emoción al recordar la entrada en meta ya está aquí, como cuando abracé a quien más sufre los entrenamientos. Fue después de cruzar dos emocionantes palabras con Kenneth Gasque y con Isa Janssens, y buscar con la mirada al resto del equipazo que vino desde Madrid para ayudarme a cumplir mi sueño.

Todo comenzó a las 4:40 de la mañana cuando sonó el despertador y desorientado me pregunté: “Por qué suena el despertador a media noche? ¿Qué pasa?”. Hicieron falta varios segundos para darme cuenta de que había dormido de forma profunda y que llegaba el gran día. Pienso en quedarme en la cama diez minutillos más pero acabo en pie al instante. Baño y a preparar el desayuno. Sube Tito a desayunar: algo de pan, pavo, aguacate, café y plátano.

Llegamos a la playa pronto y dejo los botes en a bici, la bolsa con nutrición e hincho las ruedas que había dejado el día anterior algo deshinchadas por si la presión, el tiempo, una ráfaga de aire o el famoso fantasma pincha ruedas de Lanzarote me las tenían deshinchadas al llegar. Contra todo pronóstico no fue así y las ruedas estaban como las dejé, así que tocó hincharlas con el susto de que una no cogía bien el aire. Me ayuda un chico y queda perfecto. ¡Qué malos son esos sustos tan tempraneros!.

Marco y yo salimos de la transición para huir de los nervios y estar con los nuestros, así que en lo que nos ponemos el neopreno queda media hora para salir. Los míos se han hecho camisetas para animar y me ganan del todo, aunque ya estaba entregado. Nos quedamos allí y cuando quedan cinco minutos vamos a la cámara de salidas. Yo quería ponerme entre 60 minutos y 70 pero por apurar hasta el final nos quedamos en menos de 80. Primeros nervios reales… música alta, el speaker anima y todos esperamos el bocinazo.

Me emociono pensando en dónde estoy, en lo que me ha costado llegar hasta allí, en todo lo sacrificado… Es una frase hecha pero con solo estar allí me siento ganador. Toca poner el broche de oro pero nadie me quita la satisfacción de saber que estoy en la salida de un Ironman con los deberes hechos, con la gente que quiero orgullosa de mi y sin nada que demostrar a nadie. Solo queda disfrutar…. El bocinazo de salida corta el sentimentalismo y todos al agua.

A partir de ahí y durante 250 metros… golpes , toques, ansiedad y angustia. Nada nuevo y que no supiéramos que iba a pasar. El agua está perfecta de temperatura, así que toca aguantar… En estos primeros metros hago mi clásico nado a espalda en un momento de agobio, si hemos venido al Ironman a divertirnos que sea como siempre, casi nada porque quiero nadar bien pero ahí queda. Al giro de la primera boya, y con mucho golpe, acabo al otro lado de las corcheras donde hay mucha menos gente… Nado por allí un rato bastante cómodo hasta que desde una piragua nos dice que nos pasemos al otro lado. Continúo y se me hace muy corto el lado largo del circuito, hasta el primer giro, pero después parece que vamos contracorriente, porque se alarga demasiado la vuelta de natación. Salimos del agua y allí Tito y Claudia vociferan y les veo… qué alegría.

Segunda vuelta. Se ha estirado el grupo de nadadores y en teoría se puede nadar más tranquilo pero la realidad es que sufro más. No termino de estar cómodo. Te fijas en el fondo que se ve cristalino, puedes ver peces, la arena, y disfrutas… disfrutas mucho, así que cuando me quedan mas o menos 1.000 metros ‘oficiales’ pienso en dónde estoy, el por qué, mis motivos, mis razones, la suerte que tengo… y se me empañan los ojos de lágrimas. Tengo que dejar de pensar estas cosas porque llorar con las gafas de nadar puestas no es la mejor idea…

Sigo nadando y se me cae el tapón derecho. Para lo que queda ni lo pienso así que continúo nadando con la suerte de que es el derecho y  cada vez que asoma para respirar escucho megafonía (solo me falto escuchar ‘Despacito’), la playa, murmullo. “ESTÁS EN UN IRONMAN” me repito. Y en esas llego a la playa en 1:11 aproximadamente. Allí están Tito y Claudia de nuevo, está mi hermano con mi novia (Trigirl a partir de ahora para mantener su anonimato… jejeje), y me voy a por la bolsa de la bici, toca vestirse. Me quito la arena como puedo y mientras me embadurna de crema un voluntario me pongo las zapatillas de ciclismo, el casco, cojo nutrición y voy a por la bici. Estoy alucinando, como en un sueño pero despierto, muy despierto.

Cuando llego a la bici ya les tengo allí animando. “Vamos Ironbolly”, “Vamos, vamos…”, increíble, no puedo dejar de sonreír. Ahora veo a mi padre, mi otro hermano… están todos. Así que con la bici me dirijo a la salida y allí me encuentro a Juan Carlos, le doy las gracias una vez más señalando el mono donde está el logo de Sands Beach Active, y empiezo a pedalear…

Mi Ironman empieza con la bici

Para mi empezaba el Ironman de verdad. La bici nunca ha sido mi fuerte y pensaba que iba a sufrir. Empiezo bastante suave y me pasan las cabras y las ruteras. Me pasa hasta el apuntador pero intento no obsesionarme y decirme para mi que disfrute e intente estar tranquilo, aunque lo cierto es que voy a 23 y poco por hora y estoy algo agobiado. Aquí llega una de las claves del ciclismo y es que alcanzo a Ruben y vamos juntos casi 90 minutillos. De vez en cuando en paralelo, otras delante o detrás guardando distancias. Y vamos riendo, disfrutando, alucinando. Nuestras sensaciones debían ser muy parecidas. Es positividad pura.

El paisaje de Lanzarote hace que no puedas aburrirte ni un momento. Timanfaya parece la luna y no sabes dónde mirar pero al pasar por la zona donde están los camellos miro al cielo. Me acuerdo de cuando estuve en Lanzarote cuando era un crío con mis abuelos y me acuerdo de ellos, y me acuerdo mucho, de los cuatro. Mandé un beso al cielo y ya que nunca cumplí mucho con los estudios como mi abuelo quería, espero que al menos en unas horas pueda presumir arriba de un nieto Ironman.

Continúo pedaleando entre bromas con Rubén, que acaba marchándose por delante junto con una triatleta que le robó el corazón y a la que yo le hubiera robado la bici (sin que me oiga mi Giant Propel que me tiene totalmente entregado). Continuamos por la zona volcánica y mientras va subiendo mi velocidad media, no sé cuántas veces me puedo decir que soy un afortunado. “Un enorme afortunado” para más señas… Pienso dónde estoy mil veces y mil veces  se me encoge el corazón y asoman las lágrimas.

Salimos de Timanfaya y el paisaje cambia cuando nos dirigimos a Famara pasando por pueblos típicos canarios donde la animación es genial hasta llegar a La Santa, donde cogemos un camino inmundo que nos dirige a la Caleta de Famara. Cómo cambia el paisaje de un lado a otro de la isla y lo que es mejor, nos estaba respetando la climatología. Ni un rayo de sol hasta el momento y el viento parecía dormir la resaca de los dos días locos anteriores, así que aprovecho la calma para ir subiendo la media hasta los 26,5km/h… Faltaban lo gordo así que voy contento.

Mientras me dirijo hacia Teguise más solo que la una, me dedico una de esas conversaciones en soledad que hacen que el sudor se mezcle con las lágrimas. Me acuerdo de cuando en una boda, con más copas que en los últimos siete meses,  decidí que algún día haría el Ironman de Lanzarote, recuerdo las caídas en moto arruinando carreras y sueños, la decisión de presentarme, las dudas e incluso risas (comprensibles) de amigos y familiares, el duro camino, las crisis, los subidones… Termino gritando con Famara como testigo, “ERES UN PUTO AFORTUNADO, DISFRUTA ESTO QUE NUNCA SE SABE SI SE REPETIRÁ”. Y es algo que me dije muchas veces durante al carrera, pero aún una semana después me parecen pocas.

Sin ellos sería imposible

Y tras una subida tendida llegue a una rotonda en medio de la nada que para mi significó todo. Allí estaba mi gente, la que me ha ayudado a llegar aquí, los que dejaron novios, mujer, hijos, mudanzas y todo lo que podían hacer este fin de semana para empujarme en mi sueño y contarlo todo a los amigos en unas conversaciones de Whatsapp que, días después, te hacen reír, llorar y disfrutar. Les vi y les salude, levante el puño, sonreí, les di las gracias, me emocioné… Hoy de nuevo: Gracias. Un compañero que me reconoció por el blog me dijo, “Casi no tienes apoyos, ¿eh?”. Impagable e imposible de agradecer.

Empezaba lo duro y tocaba subir a Haria y Mirador del Río. La climatología de la isla comenzaba a despertar y aparecía el viento, salía el sol de forma poderosa y la carretera se empinaba. Pese a todo tenía ganas y me encontraba bien así que con la bici adelantaba a poderosas cabras que cuesta mover hacia arriba y subo a ritmo mientras que un compañero de la Gomera me reconoce  y charlamos subiendo el puerto. Se veía reflejado en lo que escribo, “aunque mi novia comprarme otra bici como que no lo ve, tengo seis” me dijo, y poco a poco fuimos subiendo hasta arriba en una conversación genial. Compartiendo la ilusión de Lanzarote, contándome un traspiés familiar que espero que haya ido bien e invitándonos a coincidir en la Gomera o en Madrid para alguna ruta. Son regalos del Ironman y del blog.

En el avituallamiento especial paramos, me tomo mi sandwich de Nocilla (¡cuanto tiempo sin tomar nocilla!) recargo agua, echo un pis y aparecen Mario, otro descubrimiento gracias al blog y Rober, con quien coincidí en Lanzarote en una salida con la grupeta Sands Beach. Estaba allí encantado y podría haber estado de tertulia un ratito más pero tocaba bajar… Rober me dice que comerá abajo que hay menos aire y yo bajo unos segundos antes que él.

Primeras curvas bajando hacía Haria con mucho viento e intentado controlar ala bici. Se coge bastante velocidad y hay que frenar, tomar el giro, volver a dar pedales, hasta que en la tercera curva al hacer un giro en ‘U’… al suelo. Una ráfaga de aire pilla por sorpresa y cuando me doy cuenta tengo la bici casi tumbada e imposible enderezarla. Te cagas en todo y lo primero que haces es coger la bici de mitad de la carretera. Parece que está bien, recojo los botes que se quedaron por mitad de la carretera y ahí es cuando veo que el mono era bonito pero no de hierro (lógicamente).

Chapa y pintura… toca seguir

Miro cómo estoy y veo heridas pero poca cosa: chapa y pintura. La adrenalina del Ironman minimiza cualquier dolor pero no quita el miedo a volver a caerte así que bajo muy muy lento y sobre todo con mucho miedo. El viento comenzaba a soplar con fuerza y para mayor intimidación veo a dos corredores con el brazo en cabestrillo y pasan dos ambulancias con las luces encendidas… Objetivo: coronar Mirador del Río y bajarlo sin incidentes.

La subida la recordaba dura pero la salvo bien. Sobre la bici no me parece tanto y comienzo a ver a triatletas andando con la bici en la subida… Yo me veo bien, pese al susto, y subiendo sin problema. Paso al novio de una antigua compañera de universidad, intercambiamos unas palabras y después sigo la subida. Corono sin excesivo problemas ante la mirada espectacular de La Graciosa y me paro en el avituallamiento. Me limpio las heridas de las manos, del hombro y me concentro en la bajada.

Mucho aire también, colchonetas (que acojonan) en alguna curva por si alguien se pasa de largo y precaución. Nunca he bajado bien, soy bastante cagón así que no arriesgo lo más mínimo y, aún así, cuesta dominar la bici en ocasiones. Quiero llegar al llano y volver a pedalear tranquilizarme. Entre estos dos párrafos rápidos  pasa casi una hora y me doy cuenta de que casi no he comido ni bebido así que toca resetear, volver a alegrarse, volver a disfrutar del Ironman, y sobre todo volver a comer y beber que aún queda mucha carrera. Veníamos preparados para algo duro así que la caída no puede cambiar los planes.

Le pego un buen trago al bote de geles, al agua y a dar pedales. Aquí coincido con Julio, a quien conocí dos días antes y charlamos un poco para ver las sensaciones. Va bien y tranquilo y a mi me encanta verle a sus 56 años con su cabra Cervelo venciendo a la isla. Ya firmaba yo estar así en unos años, hay ejemplos para apuntar en la libreta en cada momento de la carrera.

Subiendo Nazaret me ilusiono pensando que voy a ver de nuevo a la familia pero no aparecen y enfilo tres kilómetros que son criminales hasta para hacerlos en BTT… qué locura. Lo importante es no pinchar y salvarlos así que finalizado el tramo nos quedan apenas 30 kilómetros. No he visto a los míos pero casi me alegro porque si mi padre o Trigirl ve las heridas se quedarían preocupados….

Me conciencio de que quedan una hora y poco para recibir sus gritos y aliento y es en esas cuando aparecen aparecen. Es un momento que no tengo claro en mente la verdad. Sé que intenté que no me vieran las heridas y que me vieran feliz, que es como estaba sobre todo al verles, pero mi padre sacó el zoom de la cámara para evaluar cada una de mis heridas. Todo iba bien la verdad, y seguía comiendo y bebiendo.

Ahí es cuando empiezo a pedalear con Coke que se dedica a engañarme hasta meta prometiéndome que se acababan las subidas…. “Es la última” me dice constantemente hasta que llegado un punto me dice, “ésta sí, es que si no no sigues… “. Buen tío el amigo que también me reconoció y que tuvo la deferencia de avisarme sobre sus necesidades fisiológicas: “Te voy a avisar luego para que pases delante porque detrás te voy a poner…”. Vamos, que iba a mear sin bajarse de la bici. Y mira que me pasé un rato mosqueado porque se me mojaban las rodillas y yo pensaba “¿habrá meado ya este cabrón sin avisarme?”, pero me di cuenta de que el bote de agua no estaba bien cerrado y me iba ‘refrigerando’.

Y una maratón como colofón

Al fin la última bajada hasta Puerto del Carmen y llegamos a la T2 del Ironman. Allí estaban de nuevo animándome, apoyándome y preocupándose por mis heridas. Me encontraba muy bien la verdad y los dolores olvidados. Solo necesitaba vaselina para el roce del sobaco así que me lanzan un bote que decido llevar siempre encima por si acaso y me voy a cambiar. Calcetines nuevos (aún tengo arena de la playa), zapatillas, la gorra rosa que todo el mundo odia y yo la tengo mucho cariño desde que debuté en Vitoria, gafas nuevas más pequeñas imitando al crack de Nacho y metí la mano en un bote de vaselina y me embadurne el sobaco que había quedado al aire tras romperse el mono. No podría quedar nada sin embadurnar.

Al mirar a la izquierda veo a Edu, el chico de Tenerife que conocí en La Santa el día anterior a lágrima viva. Se le rompió el tubular a 4 km de meta y tuvo que ir andando. Está con llagas en los pies y no cree que pueda correr. Los voluntarios le ofrecen ayuda o la posibilidad de retirarse e, impresionado, solo puedo decirle unas palabras: “Inténtalo. Sal, anda, a ver si en caliente puedes seguir. Para retirarse siempre hay tiempo pero estamos en el Ironman tío”. Jode ver así a la gente y salgo a correr pensando en él…

Con toda la vaselina no me molesta nada el traje. Estoy comodísimo con él (para quien lo quiera leer) aunque empiezo algo ‘perdido’. No tengo geles, no sé donde esta el avituallamiento de carrera y estoy sin las sales…. Así que corro un poco a ciegas bebiendo un isotónico y evitando el Red Bull hasta que en el km 1 veo todas las bolsas. Cojo 5 geles, dos pastillas de sales y me pongo a correr bien. Al pasar por la feria del corredor veo a Juan Carlos en el puesto de Sands Beach y le doy un grito que me devuelve, estoy bastante cómodo la verdad, y corro a un buen ritmo durante los primeros 20-25km andando en los avituallamientos mientras bebo, me refrigero y bajo pulsaciones un pelín.

Durante buena parte de la carera del Ironman me custodian Tito y Claudia en bici con los que hablo poco pero a los que escucho evadiéndome del horno en el que estábamos. 16:30h, 32 grados y ni una mísera sombra no es el momento ideal para hacer un Maratón así que cualquier divertimento es poco. En el K10 o así me encuentro a mi padre por sorpresa y me alegro, le pregunto qué hace allí porque en principio no iba a estar y le doy un abrazo. Voy bien… sigo corriendo y me encuentro a Marco que ya va en los segundos 15K  hacia meta. Le pregunto si queda mucho hasta el giro y me dice “bueeeeno un poco” mientras mueve la cabeza viniéndome decir “no lo pienses y corre porque queda…”. Sigo corriendo hasta llegar a la Charca de Arrecife que me cuesta dar la vuelta como si fuera el maldito globo terráqueo.

Sol, sin sombra, gente en las terrazas y me encuentro a Rafa que lleva todo el Ironman animándome como un jabato y solo puedo darle las gracias una vez más. Enorme descubrimiento. En el avituallamiento me dan el agua caliente y no tienen hielos, me cabreo y me enfado solo, sin motivo y no es culpa de los voluntarios pero… Lo siento.Una corredora me da un poquito de hielo y me refrigero… Toca volver a Puerto del Carmen.

De nuevo soledad, calor, algo de viento y me encuentro ahora a Iván y mi hermano. Les digo que no tengo geles y que avisen así que corren conmigo unos metros. Iván para para llamar a decir lo de los geles aunque en realidad es porque le iba a dar un ‘parraqué’ jejej. Graba un audio para los amigos en el que puedo decirles algo incluso y me siento tremendamente apoyado desde Madrid, donde he logrado involucrar en esta locura a muchos amigos. Mi hermano sigue conmigo un poco más y hasta le ofrecen, aunque no la coge, agua en un avituallamiento. Buen detalle del voluntario, y bien mi hermano… Sigo corriendo, toca entrar en el aeropuerto de nuevo, vuelta al infierno.

Ahí me cruzo con Juan Tri Run a quien había conocido la noche anterior y se convierte en mi compañero de carrera hasta la meta. A veces juntos, otras uno un poco por delante o por detrás, pero nos animamos y apoyamos. Celebramos salir del aeropuerto sabiendo que no volveremos a pasar por allí, tratamos de correr en ciertos puntos y en otros andamos. Nos contamos nuestra vida, obra, milagros y se convierte en un gran apoyo. Yo también trato de ayudarle en una carrera que no salió como esperaba y en la que ya llegar es un triunfo.

Nunca corrí solo en Lanzarote

Me cruzo con Mario, con Rober, con Alberto con Coke, con Javi, con Edu que ha decidido correr pese a las llagas en los pies y que lo va a terminar como sea, Jorge… con mucha gente que para mi ya forma parte de mi bonita historia como finisher del Ironman de Lanzarote.

Nos animamos cuando queda poco para dar la segunda vuelta y ya se escucha la megafonía y se ve el arco de Red Bull. Yo pensaba que iba a ser un momento complicado pero un detalle insignificante y en el que no había pensado le da la vuelta a todo. Veo a una voluntaria poniendo las pulseras a los corredores que terminan la primera vuelta y no os imagináis lo que había pensado en llevar esa pulsera en el brazo. Sé que es ridículo, insignificante y que se puede comprar en cualquier tienda pero justo esa pulsera, deseaba llevarla con todas mis fuerzas y es ahí cuando tomo aliento para disfrutar aun más de lo que queda.

Los últimos 12K son un sufrimiento triunfal. Sigo con Juan más o menos a la par y noto un apoyo impresionante y que me desborda de muchos corredores y público que anima en la prueba. Imposible agradecer tanto cariño…. Mucha mucha gente que lee el blog, lo conoce o me sigue en alguna red social me ayuda, me anima o tira de mi, me hace bromas. Los hay que incluso me piden que baje el ritmo para ganar la camiseta que sortee en Instagram o proponen un nuevo nombre para el blog: “yasoyunironman.es”. Es genial ver a tanta gente identificada en los posts y en los comentarios, al final somos muchos locos buscando locuras similares, que sufrimos y nos divertimos con las mismas cosas. No miento si digo que son los 12K mas felices que he hecho.

Cuando enfilo este último arreón me encuentro a Marco que ya iba a por la meta. Tras muchos entrenamientos, dudas, bromas y alegrías nos damos un bonito abrazo, es un titán y una de las cosas que me llevo de estos meses. Seguro que habrá algo más juntos en el futuro.

La emoción me desborda

Con Juan doy la vuelta al giro, nos faltan 6 y nos encontramos de nuevo a Rafa para enfilar los últimos kilómetros del Ironman. Esta carrera ya no nos la quita nadie…. Caminando y corriendo no puedo parar de sonreír y de dar las gracias y de sonreír de nuevo, y así en un bucle infinito. Cogollos, otro descubrimiento, me dice que vamos a correr y aunque hago el ademán el tiene más fuerza y las patas muy largas así que voy a mi ritmo disfrutando de la carrera y de todo el que se cruza por mi camino. También me encuentro a Mario y Rober con quienes me doy un abrazo y a Edu, que me hace tremendamente feliz ver cómo ha luchado y ganado a las llagas y a la retirada… Será finisher con mayúsculas.

Doy gracias a cada voluntario que me da agua o me ofrece lo que sea, un lujo tenerlos allí. Gracias a cada aficionado que dice “vamos Ironbolly que no queda nada”. Gracias al Platano, un amigo de Lanzarote que estaba en una terraza en la que me animaban como si fuera Frodeno cada vez que pasaba y a los que dedique unas alabanzas antes de saber que estaban comandados por él. Gracias a Trigirl, Papa, Gonza, Charly, Kitty, Iván, Tito y Claudia por cuidarme, custodiarme, ayudarme y, como no, apoyarme. Di las gracias a los jueces que me pasaban en bici y con los que bromeaba y se la pedía para hacer los últimos metros. Gracias a Triatletas en Red por permitirme vivir esta historia. Gracias a mi mismo por haberme planteado esta aventura y haber superado retos y obstáculos. Gracias por haber decidido hacer una carrera maravillosa en un lugar maravilloso.

Y en esas me quedan mil metros para llegar a meta, el sol se empieza a ocultar y me quito la gafas… Maldita emoción y aún no estoy en meta. Me encuentro con Juan Carlos de nuevo, siempre presente en la carrera de principio a fin, que corre conmigo unos metros mientras que felicita, veo a Tito a quien choco la mano y comienza a seguirme, veo a Trigirl y le doy un beso, esto es de los dos, mientras me acompaña unos metros hasta pisar ya la alfombra con la M de Ironman. Saludo a Iván y Kitty, y tengo el arco a 20 metros. Puños en alto, salto, sonrío, y estoy en justo donde quería estar hace dos años. Lo he conseguido, lo hemos conseguido superándolo todo y disfrutando como nunca.

Cruzo el arco de meta, cojo la cinta y la agito. Me ponen la medalla y ya soy finisher, soy un Ironman. Pero sobre todo sobre todo, soy Feliz.

13 thoughts on “Crónica del Ironman de Lanzarote: finisher se escribe con ‘F’ de feliz

  • 26 Mayo, 2017 en 12:30
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    Los pelos de punta…. Enhorabuena crack!!

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  • 26 Mayo, 2017 en 18:14
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    increible la narración… la viví cada instante… felicidades…

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  • 16 Junio, 2017 en 12:08
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    Cierto Bolly, ahora qué? Tienes ya un nuevo reto en mente? O vas a esperar a olvidar todo el sufrimiento antes de apuntarte a otro IronMan?

    Enhorabuena por lo conseguido, me ha encantado tu crónica.

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