Echo de menos que mi chico entrene: gané la apuesta, ¿ahora qué Ironman?

Han pasado varios meses desde el Ironman de Lanzarote y sigo con cada uno de mis pelos en la cabeza. ¿Qué por qué no iban a estarlo? Porque el ya lejano 20 de mayo hice una apuesta con un Ironbolly que acababa de cruzar la meta de Lanzarote y que no paraba de prometerme eso de “uno y no más”, que si cumplía lo prometido y no hacía otro Ironman entero nunca más… yo me rapaba la cabeza. Y en mi caso es toda una bravata, soy casi todo pelo.

Pero estaba segura de que iba a ganar la apuesta. Sabía que no podría resistirse a repetir lo vivido al menos una vez más. Y lo peor, es que casi me apetecía. Yo, que me había pasado meses contándole a quien quisiera oírme (y a quien no también) lo desgraciada que era como trigirl, las desventajas de ser la novia de un triaobseso, lo cansada que estaba de su bici y de las lavadoras de ropa de deporte a todas horas… lloré de alegría y emoción como una niña cuando lo vi cruzar aquella meta de Lanzarote y convertirse en finisher. Tanto que cuando más tarde mi madre vio las fotos me preguntó si estaba enferma de lo hinchada que se me había quedado la cara.

Y eso que yo no soy muy de mostrar mis emociones. A diferencia de la triamiga que me acompañaba en ese momento, me cuesta eso de emocionarme en sus carreras o incluso en las mías (más discretas y moderadas). No lloré cuando lo vi cruzar la meta de su primer maratón, tampoco cuando casi la crucé con él en la Mapoma de Madrid que tanto le costó acabar. No se me saltaron las lágrimas cuando terminó su primer sprint y descubrió que se acababa de convertir en un triatleta de los pies a la cabeza, ni cuando una lesión lo dejó parado cerca de un año. Ni siquiera cuando finalicé mi primera media maratón, que decidí preparar por mi misma y a escondidas. No es que no me emocionase, que no me alegrase, pero en esos momentos soy más de sonreír y suspirar aliviada que de llorar. De hecho, siempre había mirado a los sollozantes acompañantes de alrededor con algo de extrañeza….

Lloré, no sé por qué pero lloré mucho

Pero Lanzarote fue diferente. Cuando lo vi alzar el puño, saltar y agarrar su merecidísima medalla tras algo más de 13 horas de carrera no pude contenerme – tampoco habría podido hacerlo, ni vi venir lo que estaba a punto de sucederme-. Empecé a sollozar, a llorar, los hombros me temblaban… madre mía que llorera.

Ni siquiera sé explicar por qué lloraba, a día de hoy sigo sin poder verbalizar lo que sentí en ese momento. Y por eso no pude cumplir mi promesa de escribir un artículo para este blog contando como se vive un ironman como trigirl. No es que no quisiese, que pasase, que no me interesase hacerlo. Es que no sé cómo hacerlo. ¿Cómo explicar que los días antes casi prefería que ni se moviese por miedo a que un mal gesto le causase una lesión y no pudiese competir? ¿Cómo contar los nervios de novia novata que no me dejaron dormir la noche anterior al gran día y que me hicieron vigilarle de reojo desde el otro lado de la cama para ver si estaba descansando ( y casi respirando, como una madre primeriza en su primera noche)?

Tampoco sabría contar la tranquilidad que me invadió al verlo entrar en el agua de Playa del Carmen. Quedaba toda la prueba por delante, pero en ese momento supe que lo iba a terminar, que iba a ser finisher. Las largas horas de bici intentando perseguirlo en el Fiat 500 de alquiler desde Famara al Museo del Campesino y de ahí otra vuelta a la isla me hicieron olvidar hasta mi costumbre de comer (cosas poco sanas) cada dos horas y un bocadillo de lomo en una rotonda en medio de la nada fue mi único alimento. ¡Hasta él se estaba alimentando mejor a base de geles!

Se acabó la calma, llega el maratón

Y luego llegó el maratón, su bestia negra. Toda la tranquilidad que sentí a la orilla del mar desapareció, quizás se fue a un lugar más fresquito que el paseo marítimo donde me paseé durante cuatro horas a casi 40 grados para verlo pasar el mayor número de veces. Que un amigo se equivocase y me alertase de que tras más de una hora de carrera Bolly todavía no había pasado por el kilómetro 10 (cuando en realidad ya estaba cerca del 15) no ayudó. ¡Jod…, que susto!

Y luego llegó el momento en el que se le acabaron los geles y en mis gastadas Superga blancas, mis vaqueros deshilachados y una mochila cargada con todo lo que unos 15 atletas podrían necesitar durante una semana de entrenamientos tuve que recorrerme cerca de dos kilómetros de ida (y otros tantos de vuelta) para salirle el paso y darle los geles que yo llevaba ( y que me había olvidado de repartir entre el resto de sus followers que lo iban a ver en distintos puntos del camino…). Al menos creo que le di un momento de distensión a algún corredor cuando agostada y sudorosa decidí parar un segundo la carrerita y cambiarme en pleno recorrido la camiseta de algodón por una técnica que llevaba para él ‘por si acaso’ (soy gallega, imaginaos como iba mi mochila de ‘por si…’: vaselina, tiritas, geles, barritas, calcetines, gafas, camisetas, otro mono…)

Pero tras todo eso llegó el momento. Me abrazó, me besó y con un saltito cruzó la meta. Y empecé a llorar. Y lo peor, a echar de menos todo lo vivido durante ese día. Así que solo cinco meses más tarde aquí estoy animándole (por la morriña y por el bien de mi pelo tras la apuesta) a elegir entre los dos Ironman que se está planteando para el 2018. De Lanzarote a… bastante spoiler estoy haciendo desvelando que va a hacer otro en 2018. Seguro que cuando vuelva a entrenar como un obseso me arrepentiré de haberle alentado, pero al menos espero llegar el próximo más preparada emocionalmente, calzada con unas zapatillas de correr -y no unas Superga- y una mochila de ‘por si’ más ligerita.

3 comentarios sobre “Echo de menos que mi chico entrene: gané la apuesta, ¿ahora qué Ironman?

  • el 30 octubre, 2017 a las 21:45
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    Me ha encantado tu relato. Y me ha encantado porque me he sentido súper identificada contigo.
    También fue mi primer Ironman en Lanzarote y en 2018 nos volveremos a encontrar. Más bien se encontraran nuestros chicos, que no tengo ni idea de cómo tuvieron fuerzas de ir hablando en la bici.
    Es bonito disfrutar juntos!

    Ánimo que ya no nos queda nada! Comienzan los entrenos.
    Besos a los dos de parte de la novia del Gomero (tu chico se acuerda).

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    • el 31 octubre, 2017 a las 10:43
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      Anda, y yo también recuerdo a Gomero, lo estuve animando toda la carrera también ante su cara de ‘¿Quién será esta?’ jajaja. Trigirl

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  • el 7 diciembre, 2017 a las 21:59
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    Bonito relato.
    La mejor parte de un Ironman es la que no vemos.
    No os apetece probar uno fuera de España? Sería un reto aún mayor!
    Os recomiendo Zurich, Suiza. Si os animáis os garantizo guia y apoyo en todo lo que se pueda.
    😉

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