Las vergüenzas de un novato en su primer día de piscina

Hoy se ha pasado por ‘Voy a ser un Ironman’ el gran Diego Rodríguez, buen amigo de Planeta Triatlón, para recordar cómo es el primer día en la piscina de un triatleta. No sabemos si es autobiográfico pero lo que es seguro es que te vas a reír…. y mucho.

DIEGO RODRÍGUEZ.

Soy una persona de traumas, lo asumo. Como en The sunshine of the spotless mind tengo alojadas en el subconsciente una serie de vergüenzas de esas que sólo salen a flote en momentos muy concretos, o que salen a menudo pero sin que uno se dé cuenta.

Nota mental: en teoría este tiene que ser un artículo para que os rieseis un rato. Por el momento va chunga la cosa, ¿eh?

Empecemos de nuevo. Soy una persona más rara que un perro verde. Aunque me veáis aquí contando chorradas a cascoporro y por otros lares, me cuesta salir de mi zona de confort. Así en general. Así que me podéis imaginar el primer día que fui a la piscina a hacer un entrenamiento dentro de mi plan de triatlón. Quiero pensar que más de uno os sentís identificado con lo que voy a contar.

Tu llegas un día y decides que te quieres hacer triatleta. Así, a lo bruto. Hay algunos que incluso montan un blog antes de hacerse triatletas, eh! (guiño guiño). Y claro: hay que nadar. Y exceptuando a Gomez Noya, muy pocos de los que nos lanzamos a este maravilloso deporte hemos pisado una piscina en los últimos cinco años. Y claro, vienen los problemas. Tú te apuntas al gimnasio, con su piscina incorporada, con la mayor de las ilusiones. Y vas un día.

Te preparas bien en casa: Chancletas. Bañador así de los ‘apretaos’, de los que marcan bien. Gafas y gorro. Y punto pelota. Y te vas con la misma ilusión con que mi madre se planta en las rebajas de El Corte Inglés un siete de enero. Llegas al vestuario. Y el primer problema: la casilla para guardar la ropa funciona con monedas de un euro, y tú lo más que llevas es la tarjeta de crédito, la tarjeta del videoclub, el de boy scout de hace veinte años, una foto de tu novia tipo carné y un billete de veinte euros. Así que te toca ir a la recepcionista, vestido de bañador así de los apretaos –y nada más- a pedirle una monedica, que triste es pedir pero más triste es de robá, y te paseas por todo el gimnasio enseñando ese cuerpo serrano que dios te ha dado y –hete aquí lo importante- que aún no es hercúleo como el de los triatletas que llevan años entrenando el deporte de las tres disciplinas. Vamos, que te calzas una lorza fina filipina.

En fin. Que la receptionista ya te conoce. Bravo. La primera en la frente. ¿Qué puede ir peor a partir de ahora? Pues todo, por supuesto. Sales a la piscina con tu gorrico, tus gafas y tu toalla como un gatico en un vídeo de Instagram: despacico y bastante acojonaete.

Ocho carriles. Y gente de todos los niveles: desde la señora Antonia con su gorro de flores nadando a braza bocarriba, hasta el Richard Varga del barrio que se está marcando unas series de doscientos a 1’10” que quitan el hipo. Y en medio, un espectro más amplio que la gama de pantones. ¿Dónde meterse? En el tercer carril, por supuesto, que viene a ser lo más intermedio. Dejas la toalla en un banquito, te descalzas, te pones el gorro y las gafas… y a por el agua.

¿Qué hacer de entrenamiento? Es el primer día, tampoco hay que cebarse. Es como llevar a los peques a la guardería, hoy toca descubrir el terreno, conocer a los compañeros… Y tratar de llorar lo menos posible. Empiezas a nadar, y dado que tienes menos técnica que Cecilia Jiménez (espero que todos vayáis a buscar ahora quién es esta señora), mueves piernas y brazos como si no hubiese mañana, a cascoporro y sin discreción. Así que vas nadando con el temor de ir molestando al resto de los mortales. Además, tú estás haciendo los largos a tu ritmo, a tu manera, sin planning. Paras cuando no te da más el resuello, con lo que vas frenando cada dos por tres a tus compañeros de carril.

Para rizar el rizo, empiezan a sacar aparatos y materiales cuyo nombre y utilidad desconoces. Spoilers: en unos meses el snorquel, las palas y el pulboy, esos trastos que ahora te son extraños, serán tus mejores amigos en el agua. Y tú les miras con cara de gacela sin saber qué van a hacer con ellos. Lo cual te frustra más. Agachas la cabeza, y sigues nadando.

25. 75. 125. 175. 175. Espera. ¿Llevaba 175? No. Llevaba 200. Si. 200. ¿He hecho ocho largos? No. He hecho siete. Siete por veinticinco… Hostia. Ya me he liado. Bueno. Digamos que llevo 200. Y punto. 225. 250. 250. Yo creo que antes eran 175. Así que si he hecho tres largo más, 250.

Mira, a tomar por saco. Como ya has hecho unas cuantas series, estimas que has terminado con unos 750 metros, ‘maomeno’. Y ya es suficiente. Anotas mentalmente que necesitas un pulsómetro como el que tiene tu cuñado (que es quien te ha metido en esto del triatlón) que te cuenta los largos. Aunque cueste cuatrocientos pavos.

Otra cosa es como se lo explicas a tu pareja, claro.

En el vestuario te duchas, te quitas el olor a cloro, te vistes escuchando las batallitas de los que se están cambiando al mismo tiempo que tú (que siempre las hay), le devuelves el euro a la recepcionista, y te vas a tu casa pensando que la primera sesión de natación ha sido frustrante.
Pero lo bueno es que dentro de unos meses, y dentro de unos triatlones, la recordarás extremadamente divertida.

Te lo prometo.

Un comentario sobre “Las vergüenzas de un novato en su primer día de piscina

  • el 16 mayo, 2018 a las 16:37
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    has descrito mi primer día de piscina a la perfección….

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