Ironman de Lanzarote desde la barrera: del “qué pinto aquí” al “eres el p*** amo”

Como os conté en mi crónica del Ironman de Lanzarote no estuve solo en la isla canaria. Un equipazo de siete amigos se juntaron en Lanzarote para animar a un ilusionado deportista que estaba a punto de cumplir su sueño. Lo que viví en carrera ya lo conté pero… ¿Cómo lo vivieron los acompañantes? Lo cuenta una de ellas en primera persona.

CRISTINA GRACIA

Antes de leer esta crónica tenéis que saber dos cosas sobre mí. La primera es que he ido más veces a animar a mis amigos a pruebas deportivas (maratones, medias maratones, etc.), que a competir yo en una simple carrera popular de 10 K. Les animo con envidia sana, pero me siento incapaz de igualarles en esfuerzo, constancia y espíritu de sacrificio. Y no he aterrizado en Barajas con una promesa o reto deportivo en la cabeza.

La segunda, soy de lágrima fácil. Corrijo: muy fácil. Dame una peli con un toque de drama, un partido de Rafa Nadal en el que al final se arranca con palabras motivadoras o el gol de Iniesta en final del Mundial, y soy capaz de crear un buen charco en un santiamén.

Ahora que sabéis algo más de mí, os cuento como viví el Ironman desde la barrera.

La salida desde la playa: “¿Qué pinto yo aquí?”

Llegas a la playa de noche y está plagada de gente. Los que van con neopreno tienen cara de concentrados. Los que acompañamos a los que van con neopreno, tenemos cara incrédula. Yo no paro de pensar “pues parece que sí; que Bolly va a hacer un Ironman”. Le enseñamos que llevamos unas camisetas molonas, le intentamos entretener y le animamos mientras se va hacia al agua.

La salida es preciosa. Para mí no es especialmente emocionante porque es imposible ver a nuestro Bolly. Recuerdo a una madre que decía convencida “el de la manga negra y verde es José” y yo pensaba para mis adentros: “Le ves seguro…”. Eso sí, me parece una imagen bellísima. Si hicieras una foto desde la arena, verías a 1700 personas que parecen peces nadando de manera totalmente sincronizada. Si hicieras una foto desde el agua verías a más de 1700 personas intentando grabar el vídeo más espectacular. Miles de flashes y palos selfies. Yo tengo fotos, pero ninguna es lo suficientemente buena.

Igual soy poco motivada, pero pasados 10 minutos estar en la playa ya no tiene mucha gracia. Me doy cuenta de que a Bolly no le vamos a ver hasta dentro de una hora, así que apoyo al cien por cien la idea de ir a desayunar tranquilamente: cafecito y tostaditas con jamón y queso. No digo que en ese momento esté triste, pero sí me quedo con una sensación de vacío y cierta soledad. Para qué habré venido al Ironman si apenas vamos a verle.

La bici: empiezo a sentirme parte del Ironman

La transición de la bici la vemos desde distintos puntos: Trigirl (quien no sepa quién es, que mire la crónica anterior) y Charlie desde un lado de la valla, Gonzalín, Iván y yo desde del otro lado y el papi-Bolly a la salida, cuando se empieza a pedalear.

Cuando aparece nuestro héroe, unos familiares de otro triatleta nos dejan ponernos en primera fila, pegados a la valla para que le veamos bien porque a ellos les queda un rato de espera. Yo grito cual posesa porque Iván me dice que está ahí, pero vamos que verle no le veo. Es cierto que estoy cegata, pero es que Bolly sale entre mucho “mazao”. Yo sé que el agua se le da de lujo (o eso me ha dicho), pero me alucina verle entre tanto fibroso: ¿en qué momento Bolly se ha vuelto Michael Phelps?

Iván y yo nos pegamos un carrerita en paralelo a la valla, esquivando guiris y farolas y gritando palabras de ánimo hasta que empieza a pedalear. Son las 8:30 y no le vamos a ver hasta las 12:15.

Lo reconozco: yo me he venido arriba. Nos metemos en el coche y nos plantamos en una rotonda en Teguise. Guardamos los carteles que habíamos hecho con su logo porque hace un viento considerable y nos da miedo que se nos vuelen y que den a algún triatleta. ¿Os imagináis que la liamos en el Ironman de semejante manera? Animamos a todos los triatletas que pasan, y si puede ser por su nombre, que sabemos que les hace ilusión. Algunos nos saludan, otros nos sonríen y otros nos ignoran…. pero llevan 90 KM en bici: ¡tampoco le vamos a pedir peras al olmo! Por lo que me dicen mis compis de animación, tengo un vozarrón de camionero que no me pega nada, pero yo creo que en el fondo tienen envidia porque los ciclistas me sonríen más que a ellos.

Llega Marco: yo le conocí el día anterior, pero le animo como si fuera mi mejor amigo. Calculamos que Bolly llegará sobre las 12:10. Menos mal que Trigirl está siempre atenta y de la nada empieza a gritar animando a Bolly que ha aparecido en su bici azul 20 minutos antes de lo esperado. ¡20 minutos! Iván se entera tarde porque está trasteando con el móvil, papi-Bolly saca la cámara a toda prisa cual fotógrafo profesional y el resto intentan gritar más alto que yo. Nos dedica una sonrisa, levanta el pulgar y allá que se va: enfila la cuesta y a subir las dos mega pendientes que le quedan. ¡Parece que va más ‘sobrao’ que los ‘pros’!

Estamos emocionados y nos subimos en los coches: ¡al siguiente punto! Ha habido un pequeño fallo de organización y tras una vuelta por pueblos diversos acabamos en el KM 160 del Ironman. A mí esta espera se me hace más larga: da igual el color de la bici, la estatura, si es mujer….cada ciclista que vemos pensamos que es él.

La parte positiva, eso sí, es que nos hacemos amigos de los familiares de Manuel, a los que les pedimos que cuando pase Bolly, nos ayuden a animarle. Desde aquí: ¡gracias! ¡Sois unos salaos!

Finalmente le vemos. Y va con el mono roto. Sonriendo otra vez, pero con el mono roto. Todos decimos que le hemos visto fenomenal y contento y que apenas se ha hecho herida. Trigirl se lo medio cree, y papi-Bolly aguanta estoicamente. Se le está curtiendo la piel.

De ahí, corriendo hacia el coche. Bueno rectifico, Trigirl y yo corriendo; el resto a su ritmo. Por supuesto, mandamos audio resumen a los nuestros, que la aplicación está fallando y están en un sinvivir. Caída aparte, ha ido todo genial, pero todos pensamos: “Ojo: queda la maratón del Ironman”.

La maratón: encuentro sentido a haber venido

Después de la décima explicación de la pobre Trigirl sobre el recorrido de la maratón a todo el equipo de animadores, nos dividimos para verle en varios puntos. Queremos darle el máximo apoyo porque pensamos que lo va a necesitar.

Hace un calor infernal. Trigirl y yo llevamos 90 minutos de espera sentadas en suelo a la sombra. No sabemos por dónde anda Bolly. Los whatsaps de los amigos me funden la batería (desde aquí doy las gracias al dueño del quiosco que me dejó recargar la batería). Tito nos dice que está en el KM 8,5 esperándole pero que no llega. Y entonces a todos nos sale el miedo de la maratón. En la última maratón Bolly sufrió mucho, demasiado. Estamos cagados y nos repetimos: “Aunque tarde mucho en hacerla, ya acaba seguro”. Además, yo justo veo a Marco, que siempre ha ido un poco por delante de Bolly, y le veo desfondado: me acojono del todo.

Y cuando parece que la pobre Trigirl va a infartar, recibimos la enésima llamada de Iván: Tito no estaba en el 8,5 KM, estaba en el 17,5 KM. ¡¡¡¡Menos mal!!!! Al poco, otra llamada: su padre le ha visto en el 20 KM y va a buen ritmo. Trigirl se emociona y respira con más tranquilidad. Yo en ese momento no digo nada, pero a mí, que en mi mejor mañana corro 7 KM, me parece que le queda un mundo. Claramente soy la más conservadora del equipo de animadores.

Soy la que menos está con Bolly en toda la maratón, pero al menos le veo dos veces: en el KM 26 y en el KM 32. En el 26 -las cosas hay que contarlas como fueron- va de mal genio y enfurruñado y yo pienso: “¿Este de qué va? ¡Qué menudo despliegue hemos montado en Lanzarote por él!”. Menos mal que Tito, que es compi de Bolly de triatlones, me dice que es de lo más normal.

En el kilómetro 32 de la maratón del Ironman le veo animadísimo con su pulsera amarilla ya en el brazo. Corro un KM a su lado y al de Trigirl. Le doy frases de ánimos, pero me acaba diciendo: “A ver que estoy bien de cabeza, pero que tengo una ampolla”….Y solo se me ocurre decirle “¿ahora te vas a quejar por una ampollita de nada?”, pero me callo y creo que hago bien.

Le dejamos en el avituallamiento. Yo me siento mal porque le dejamos solo con todo lo que le queda y pienso que mientras Trigirl se va a meta yo podría correr un poco más con él. Pero a día de hoy sé que quería vivir ese momento sólo, bueno sólo y con todos los desconocidos que le animaron y apoyaron. Nos vamos hacia la meta del Ironman. Le quedan 9 KM y yo me doy cuenta que en los últimos meses Bolly se ha convertido en otro: ha pasado a ser alguien que tenía miedo a la maratón, a ser un triatleta convencido de que puede con lo que le echen. A ilusión, nadie le gana en Lanzarote.

En la meta, Iván y yo nos ponemos en primera línea pendientes de la llegada de Bolly y de los whatsaps de los amigos que están en Madrid (yo creo que ellos al no verlo en directo, lo pasaron peor que nosotros) que nos reclaman vídeo de la llegada. Iván trata de convencer a Trigirl de que entre en la meta con Bolly, pero yo sé que no lo va hacer: prefiere que él sea el único protagonista de su hazaña. Eso es amor y lo demás son tonterías. A Trigirl, eso sí, el agradecimiento le llegará cada vez que Bolly recuerde este día.

Yo casi salto más de una vez por encima de las vallas para abrazarme con los corredores que entraban con sus hijos en meta o para entrar de la mano con los triatletas a los que he animado a lo largo de toda la carrera sin conocerles: Luis, José, Dávalos, Juanma, Emilio o Prieto. No llego a tanto, pero sí que grito a todos los que pasaban por la línea de meta, con voz totalmente afónica: “Eres un crackkkkk” o “¡Eres el P*** amoooooo!”. Estas son las frases que servidora tiene equivalentes a “You are an Ironman”.

Y al poco…. entra Bolly sonriendo en la recta final del Ironman. Tito va detrás de él grabándole para que tenga un recuerdo, Iván grita, yo grito eufórica como si no hubiera un mañana y le vemos entrar por el arco de meta. Vamos corriendo a encontrarnos con él. Lo que vino después es fácil de imaginar: abrazos, palabras de admiración, lágrimas y, porque no decirlo, orgullo máximo.

En el avión de vuelta escucho todos los audios y repaso todas las fotos mil veces y llego a la conclusión de que mi viaje a Lanzarote mereció la pena: no hay nada como ver que tu gran amigo hace realidad su sueño y lo hace en todos los sentidos a su manera, como persona tan auténtica que es.
Nadie te lo ha regalado, así que felicidades: ERES UN IRONMAN.

4 comentarios sobre “Ironman de Lanzarote desde la barrera: del “qué pinto aquí” al “eres el p*** amo”

  • el 31 mayo, 2017 a las 12:31
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    Que buenos amigos, Alberto… así da gusto hacer un IM!

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  • el 1 junio, 2017 a las 16:31
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    Muy bueno!!! los que van a animar este tipo de pruebas tan largas son también unos héroes por aguantar todas esas horas. Sin vosotros no llegaríamos a realizar nuestros retos.

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  • el 1 junio, 2017 a las 23:39
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    ¡Yo quiero un crónica de pomponera igual de buena cuando llegue mi momento!

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